Pombo ?lvaro - Cinco relatos sobre la falta de sustancia

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Álvaro Pombo

Cinco relatos sobre la falta de sustancia

Estos cinco cuentos aparecieron por primera vez en 1977 y son todavía relatos en los cuales me reconozco a mí mismo sin ninguna duda. Pueden tomarse como cinco vectores, cinco líneas de fuerza de mi manera de escribir y ver el mundo que siguen estando presenten en mi última novela «El metro de platino iridiado» (Anagrama 1991) y también en mi nueva novela, terminada ya, que se titula «Don Rodolfo y el vencejo» por mencionar sólo mis narraciones en prosa. El lector puede en cierto modo leerlos desde la perspectiva rítmica de una esquemática autobiografía.

«Tío Eduardo», es el Santander de mi niñez. Expresa mi fascinación por un mundo elegante y mi preocupación, -tal vez lamentable- de moralista. Este cuento expresa una cierta «justicia poética» al final de su vida, tío Eduardo, es tratado de un modo semejante a como él sin darse cuenta trató a su propia esposa.

«Luzmila» es el mejor relato de este libro, a juicio mío, al menos. Es la primera formulación de un viejo asunto: la bondad de una persona. Lo único que ocurre Luzmila es un personaje de muy pobre desarrollo intelectual y su bondad, con ser real y profunda, es todavía demasiado elemental.

«Un relato corto» es una acuarela de mi colegio de Valladolid. De aquellos años, -que quede esto claro- sólo he tomado para escribir el cuento el delicioso ambiente decimonónico del colegio donde hice mis tres últimos años de bachillerato. Todo lo demás es inventado en función de la idea unificadora del libro, a saber, la sensación o la emoción o la idea imprecisa, pero constante que yo tenía cuando escribí estos relatos: la vida humana era una configuración de momentos inconexos, un proceso melancólico de ilusión y de sustancialización.

Yo vivía entonces en Londres y escribí este libro en la oficina, donde trabajaba de telefonista, entre llamada y llamada. Londres era y es para mí un sitio muy bonito pero muy triste. Una ciudad de solitarios, tenues figuras que envejecen lentamente y que de pronto un día de sol resplandecen, tenues, sentadas en un banco a media tarde, en uno cualquiera de sus parques locales. Y su expresión sólo significa ya: «Hasta aquí he llegado y esto es todo». La verdad es que lo más filosófico -y lo único realmente indiscutiblemente excelente de esta colección de cuentos es el título.

«Sugar-Daddy» es el resumen de la vida de un oficinista, Manuel, cuya homosexualidad, muy de otros tiempos, quiero decir los años anteriores al 68 y a las reivindicaciones del orgullo gay, un hombre asustadizo de mediana edad que en lugar de volverse valiente y amar a quien le ama se vuelve cobarde y no le ama. La tesina del relato es que en caso de duda siempre es mejor amar que acobardarse.

«El cambio» es un relato cuyos detalles están bien, creo yo, pero cuya tesis, o configuración significativa total se aguó tanto que ahora ni siquiera sé cual es.

Álvaro Pombo, 1992

El mal tiempo emborrona aún aquellas tardes los cristales de las ventanas del comedor, el mundo. Lluvia en todos los barrios de la ciudad aquella, en los de la gente bien y en los bajos que quedaban en alto cara al puerto. Recuerdo las doncellas de casa de tío Eduardo, el raso negro y cano de los uniformes, el piqué blanco de los delantales, el tictac inmóvil del reloj de la sala vecina que aún se cuela, soso y fértil, en el comedor a la hora del té, aprovechando los hiatos, los lugares comunes y las pausas de las conversaciones.

Siempre en esas veladas se habla un ratito de tía Adela, la esposa de tío Eduardo, fallecida treinta años atrás, a los dos años de casarse. «¡Cuánto le gustaban a la pobre Adela las frutas escarchadas!», se decía, por ejemplo, con ocasión de una referencia cualquiera a esas frutas. Y la frase, súbitamente, repone la melancolía gastada de la tarde y ayuda así a ver claro el motivo de estar ahí esa tarde y todas las tardes pasadas y futuras acompañando a Eduardo inconsolable.

El nombre y las virtudes de la difunta esposa florecen como islas en los marcos de plata que enmarcan la fisonomía de reineta pensada de tía Adela en todas sus edades, en la cuna, de primera comunión, en una tómbola sosteniendo sin gracia un pato de regalo, de colegiala, de excursión (se ve el pinar borroso detrás de ella, leve, como una mañana de verano cerca de la playa), de novia, y por último, fantasmal y asustada, al óleo, en traje de noche azul (unas veces parece azul y otras verde), desafortunadamente favorecida y colgada muy alta encima de la chimenea de mármol que nunca se encendía, en aquella sala rectangular del fondo que nunca se pisaba.

Tío Eduardo había sido huidizo desde niño y rico como él solo. El heredero de la Naviera (y eso allí es decir mucho), hijo único, sentado en un historiado sillón en esa fotografía artística de principios de siglo, encogido en su traje de marinero, y como de sobra. Dicen que era el chico más rico de su generación, con el yate, el chófer ya a los dieciocho, el valet, el otro coche, el sastre en Saville Row, la vuelta al mundo antes de casarse acompañado de un tal Gerald del que nunca más se supo y que aparecía y reaparecía, abstractamente, en las anécdotas sosas de tío Eduardo. Una boda elegante. Un nuevo viaje de tío Eduardo al año, cuando nació Adelita. La leyenda policelular de unas riquezas inagotables: «ésos tienen el oro de las Indias», se dice en la ciudad, «y fincas que son miles los kilómetros y la Naviera, que eso tiene que dar lo que no veas, y la Banca, que es de la familia y son ellos los accionistas principales…». Y así sucesivamente hasta que un escalofrío vicario de posibilidades y champañas sacudía ligeramente a los hacedores de la fábula. La verdad es, sin embargo, que el héroe mismo de ella disfrutó poco de la vida, habiendo empezado ya muy joven a asustarse de la figura de la propia fortuna y a encerrarse como un caracol en hábitos minuciosos y complejos. A los cuarenta años cultivaba ya su retiro prematuro como cultivan los poetas su rachas inspiradas. De ese retiro -que tenía el prestigio hedonista de un aislamiento de buen gusto entre «dos señores de toda la vida» del contorno- y de una como tartamudez muy ligera al saludar a las señoras, le vino a tío Eduardo fama de erudición (aunque en realidad sólo leía los periódicos). Y su sabiduría, como su riqueza, que a fuerza de vivir de ella y no aumentarla había disminuido considerablemente con los años, cuajó en figura pública y se volvió parte de los tópicos de la alta sociedad local y adorno de las contadísimas personas que gozaban del privilegio de tratarle o de ir al té a su casa.

Doña María vino a casa de tío Eduardo, de governess, cuando nació Adelita, en un momento en que era inconfundiblemente claro ya que ocuparse de la niña, la casa y los nervios saltones de tío Eduardo iba a ser incompatible con la profunda apatía de tía Adela. «¡Verdaderamente esta doña María, tan enorme, que te recuerda todo, es una bendición!», declaró tía Adela a los dos días de tenerla en casa. Y a partir de ese punto empezó a morirse en paz, perdiendo primero las horquillas y luego, muy de prisa, la memoria, anticipándose así a la blancura de la muerte con el nerviosismo de una colegiala. Y se murió en cabello tía Adela, como las polillas, y oliendo de hecho a naftalina, quién sabe por virtud de qué rara asociación de ideas en la pituitaria del Espíritu Santo. Cuentan siempre que la encontraron muerta por la mañana, recogida como en las estampas, con la misma expresión sorprendida -me figuro- de sus fotografías de recién casada y el aspecto de quien hubiera deseado en realidad saber a ciencia cierta si hay en la muerte corrientes de aire frío para llevar el echarpe azul.

Fue una muerte, según dicen, muy limpia y muy puntual (lo mismo que la muerte dos meses más tarde de Adelita), a una hora cómoda para todo el mundo, justo diez minutos después de haber llegado la enfermera. La muerte misma, pues, fue invisible y fina de modales, pero llegó en meandros, y esa llegada sinuosa y prolongada desconcertó a tío Eduardo profundamente. La muerte de su esposa le cohibía como nos cohíben a veces los sentimientos ajenos. A última hora, cuando no pudo más, salió de viaje dejando a doña María con la enferma. Regresó el día del funeral. Luego murió Adelita. Doña María, que para entonces se había quedado sin oficio, empezó de ama de llaves a organizarlo todo en la casa para siempre. Todo no era mucho en realidad, aunque se volvió muy pronto infinitamente complicado. Había tres de servicio y el chófer (que no dormía en casa). Tío Eduardo se levantaba tarde y se arreglaba despacio. A las doce leía los periódicos en el despacho hasta la una. A la una almorzaba. A las dos volvía al despacho y ahí se estaba, como en Babia, dulcemente, hasta las cuatro. A las cuatro salía de paseo -siempre el mismo paseo con las mismas paradas en los mismos sitios- hasta las cinco y media. A las cinco y media era el té y la tertulia hasta las ocho. A las ocho y media se cenaba. A las diez oía tío Eduardo las noticias de Radio Nacional. Y así, sin casi variación, durante treinta años. Yo recuerdo haberle visto salir de casa, muy bien vestido, o cruzarme con él a la vuelta del colegio. Le saludaba todo el mundo, por supuesto, pero muy poca gente se atrevía a interrumpirle o a hablarle. A los sobrinos solía darnos la mano o un cachetito en la mejilla con dos dedos y se quedaba mirándonos como no sabiendo bien qué decir o sin entender del todo lo que decíamos nosotros. Todas las vidas muy cercadas por hábitos dan la impresión de espejos. Las costumbres, las estaciones, las equivocaciones, la muerte son reinos circulares que reflejan en cada punto del círculo la totalidad del círculo. Miden el tiempo y, a la vez, permanecen fuera del tiempo. El tiempo de tío Eduardo era un tiempo de pérdida y destiempo que no se veía ir o venir -como el tiempo de la niñez- y que producía, por consiguiente, la impresión de que no iba ni venía, como las lagunas. Todo lo que sucede en casa de tío Eduardo -lo poco que sucede- sucedía por triplicado o cuadruplicado y siempre de tal modo que la grave transitoriedad de los sucesos se ablandaba y neutralizaba, ablandando y neutralizando, de paso, la entereza del mundo. Una de las cosas que tío Eduardo neutralizó y ablandó fue la muerte de tía Adela.

La muerte es limpia y firme, definitiva y clara. Pura incluso cuando es brutal y anómala, simple incluso cuando es tortuosa y compleja. A salvo de las acciones que conducen a ella, a salvo de los asesinos y las víctimas, a salvo de doblez porque no tiene vuelta de hoja y porque no hay Dios detrás, o cosa alguna, que nos aguarde o ampare o confunda. A salvo del contagio del hombre. Alta, inimaginable, privada, intransferible y recta. Así es incluso la muerte de los perros y los pájaros. Incluso la muerte de los peces es así, incluso la muerte de las moscas. Y así fue, por derecho propio, la muerte de tía Adela. Aprender a morir es aprender a hacerse a la grandeza abstracta de la muerte. Tío Eduardo, contra todo lo previsible, agobiado quizá por un erróneo afán de reparación, hizo de la difunta esposa un culto. Y la memoria puso ante tío Eduardo uno de sus objetos, un Adela-objeto que tenía con Adela el parecido cultural que tienen entre sí objetos heterogéneos unificados en metáforas. Era Adela-objeto lo que tío Eduardo recordaba y no su esposa, en parte porque acordarse de un objeto real es imposible, y en parte porque si hubiera sido en realidad posible quizá tío Eduardo no hubiera deseado recordarse.

Era esta criatura vicaria más dócil si cabe aún que la primera (pero con la docilidad de lo pensado, no la de lo real), quien hacía las veces de la difunta esposa, quien se mencionaba todos los días a la hora del té y quien fue haciéndose, con los años, a los gustos de tío Eduardo, a su horror a los ruidos, a los perros, a la compota de manzana y a la falta de puntualidad. La transformación se llevó a cabo en muchos años mediante sucesivas atribuciones positivas y negativas de la palabra «Adela». Y de la misma manera que una novela o una biografía es, en ocasiones, solamente un complejo y ramificado epíteto, así también la elaboración y cultivo de Adela-objeto fue equivalente a la elaboración de un complicado, y hasta laberíntico, sistema de adjetivos calificativos.

Doña María era la única cosa real que tío Eduardo tenía en casa. La única cosa, al menos, que no encaja del todo en la circularidad de su vida y que (como no se lo hubieran permitido nunca los familiares, los criados o los amigos) se permitía a veces cuestionar la vida de tío Eduardo.

«¡Eso son manías, don Eduardo!», decía doña María cada vez que a tío Eduardo le entraban las aprensiones de cáncer de la médula espinal. «¡Que nos enterrará usted a todos!» A tío Eduardo se le contagiaban las dolencias de palabra. Una epidemia contada de la gripe le metía en cama quince días e incluso enfermedades improbables a su edad se le volvían achaques. Un relato de parálisis infantiles le tuvo cojeando de la pierna izquierda un mes. Y todos los matices del reúma de doña Carolina Herrera se reflejaban, como un eco, en malestares sordos y punzadas continuas de la osamenta de tío Eduardo. «Y que siempre es lo mismo -pensaba doña María-, le enferman las palabras, los cuentos que le cuentan, como a un niño.» Habían tardado muchos años en hacerse el uno al otro. Al principio doña María se había limitado a desempeñar de un modo impersonal y eficiente sus funciones de ama de llaves. Cuando estaba tío Eduardo solo, hacía sus comidas con él, y se retiraba discretamente a su habitación cuando había invitados. Pero poco a poco doña María fue volviéndose tan parte de la casa y tan indispensable para la tranquilidad de espíritu de tío Eduardo, que fue convirtiéndose insensiblemente en parte de la figura de tío Eduardo. Todos la conocimos ya ahí sentada, a la cabecera de la mesa, de negro y con el broche de la mariposa dorada que era su única alhaja, sirviendo el té y sacudiendo la cabeza gris cuando le disgustaba lo que se decía, cuando tío Eduardo comentaba que el Caudillo «es una persona, el pobre, muy poco distinguida», o cuando, bajo cuerda, tomaba tío Eduardo dos aspirinas clandestinas para un dolor súbito y transeúnte de cabeza.

La verdad es que doña María, viuda muy joven de un comandante de Regulares fallecido en acto de servicio en el Barranco del Lobo, tuvo siempre el buen sentido, y el señorío, de no intervenir en cuentos de familia que le llegaban a tío Eduardo aún calientes aunque tamizados y diluidos en un millar de circunloquios melifluos, y acabó convirtiéndose (nunca se supo bien si a su pesar o de buen grado) en confidente universal de la familia. Doña María conservaba nominalmente todas las cosas «como cuando la Señora» o, como insistía siempre tío Eduardo, construyendo invariablemente la frase en presente del indicativo, «como le gusta a la Señora», en el entendimiento tácito de que así era como le gustaban a tío Eduardo. A veces se preguntaba para sus adentros doña María si se daría cuenta don Eduardo del sentido y alcance de semejantes anacronismos. De doña Adela recordaba ella el cuerpecillo ruinoso y la tos seca, los vahídos y las horas muertas tendida en la chaise longue del dormitorio hojeando, sin fijarse, un ejemplar ilustrado de Robinson Crusoe. Una mujer moribunda desprovista de todo encanto romántico: las enfermedades y la muerte son puntillosamente reales, tanto que acaban derrotando siempre el realismo de los escritores realistas. Doña María pensaba con frecuencia en su marido, escandalizándose cada vez en la falta de tonalidad emotiva de sus pensamientos. Pensaba en él sin amor, con el pensar puro y neutral con que se piensa «mesa», o «manzana», o la fecha del descubrimiento de América. Y como era piadosa -aunque no rezona-, intercalaba cuidadosamente el nombre de pila de su esposo todos los días en la Misa al llegar el momento de difuntos, empujando, por decirlo así, hacia su posición correcta en el conjunto de las cosas aquel objeto eidético, aquel Fernando genérico e inmutable que se había vuelto el comandante.

Doña María tenía a sus sesenta y ocho el mismo aspecto que debió tener a los cuarenta, grande, encorsetada, solemne y juiciosa, manteniendo hábilmente el orden del servicio, unidad e identidad en la diversidad más o menos incesante de doncellas caedizas y chóferes tarambanas que pasaron por la casa de tío Eduardo. Envuelta ella misma, a pesar suyo, en el hechizo soso de la repetición y el hábito que envolvía y protegía aquella casa.

Se interesaba tío Eduardo desde lejos en las historias amatorias del servicio. Y siempre las había a montones, impregnadas -que musitó el propio tío Eduardo en una ocasión memorable por partes iguales- de un zumo bravío y de un olor a pies. Lo extraordinario de la frase disimuló la extraña mezcla de fascinación y temor que los amoríos sin domesticar de las domésticas le producían. Doña María al principio mencionaba estas cosas cuando no había más remedio (había que preparar a tío Eduardo antes de dejar que una figura nueva rondara por la casa), con una cierta severidad guasona; pero con los años, en parte por tener algo que contar y en parte por ver la cara que ponía don Eduardo, cogió doña María el hábito de transmitir reportajes abreviados después del almuerzo, en el rato antes del paseo. «El chico que sale con Jesusa -refería doña María, por ejemplo- me parece a mí que no está por la labor y que la trae a mal traer a esta pobre tonta, que siempre pica en todo sinvergüenza un poco guapo que le dice qué buenos ojos tienes. Y claro, luego pasa lo que pasa.» Doña María observó que don Eduardo no olvidaba jamás estas historias y que solía preguntar de cuando en cuando: «¿Qué pasó con el novio de Jesusa, doña María, aquel chico que no era de fiar?»

En aquella ciudad había dos vientos, uno de derechas y otro de izquierdas. Y la ciudad permanecía entre los dos, dudosa, alumbrada y trompa gracias a los dos, entretenida de ambos. Uno era el viento meón de las lloviznas y los curas que enfermaba los cocidos de alubias de todas las cocinas de las vegas. El otro era el grande, el viento incorruptible, verde y viejo, incendiario y alcohólico que soplaba en las rajas de los culos y sacaba a la calle el mal olor de los retretes. Desde las ventanas de todos los estudios del colegio se le vía martirizar los plátanos gigantes, odiar las aguas dulces, y los patos, y los sombreros, y los libros de Misa, y las hojas de todas las estaciones. Era un viento herético que causaba raros destrozos sin propósito en la cristalografía de los miradores del puerto. Híspido, áspero, flagrante, que barría los barrios y puntales con escobas de maleza seca. Recuerdo que las agujas y toda otra criatura metálica se regocijaba esos días al oír aquel viento seco y bravo bramando sin ton ni son en las hombreras, decapitando los sombreros. Brillaban los alfileres que todavía mortifican las dulcísimas yemas de los dedos de las segundas doncellas. Tío Eduardo odiaba ese viento de todo corazón y se metía en cama cuando soplaba, con catarro y vahos de eucalipto, aquejado de un complejísimo dolor de cabeza que demandaba no ver ni oír a nadie, ni que se abrieran o cerraran puertas, se corrieran cortinas, se sirviera pescado o cambiara de lugar limpiando -ni una milésima de milímetro- los infinitos objetos del despacho. Tenía que estarse al tanto el chófer en la cocina, con la gorra puesta, por si había que ir a la farmacia. Y se almorzaban caldos muy livianos, pollo hervido y patatas sin sal. Cuando amainaba el viento asomaba tío Eduardo mejorado, con ojeras de mujer fatal y un tintineo de la cabeza calva que quería decir «frágil».

Tío Eduardo cambiaba de casa los veranos, no de ciudad ni de costumbres. La casa del verano era una casa blanca con un jardín enorme, triangular, y una huerta de verduras y maíces en la esquina de abajo. Por encima de las tapias del jardín, y desde todas las habitaciones de delante, se veía el mar. Tío Eduardo pasaba en la terraza las mañanas viendo pasar los barcos y perderse, horizonte adentro, como huyendo de sus prismáticos. Los días del ventarrón de izquierdas llegaba hasta el jardín el mar verdeante y rabioso, en retumbos alcohólicos, montado a pelo por el viento que arrastraba consigo, desunidas, las gaviotas y las desfiguradas nubes.

Un día, a principios del verano -recuerdo que fue unos pocos días antes de la Ferias porque habíamos ido a ver armarse el Circo Price y los tenderetes del tiro al blanco-, llegó a la casa del verano un sobrino de tío Eduardo, Ignacio. Se presentó sin avisar a la hora del té. Si hacía bueno, solía ser el té en la terraza de la sala, cara al mar resplandeciente e inmóvil como una desmesurada pupila. Ignacio entró jardín adelante en su moto y se paró justo enfrente de ellos, saludando al quitarse el casco con el tono de voz y el ademán de quien saluda a un grupo de gente que ha estado esperándole. Aquella tarde estaban sólo Mati Orrueta, que era una devota lejana y mística de tío Eduardo; doña María y tío Eduardo. Se tardó un rato en identificarle -fue como desenmarañar un laberinto de apellidos, matrimonios y rostros y fue como si esa maraña fuera el bosque encantado que queda al fondo de un retrato o quizá sólo el bosque de un tapiz que se ve al fondo de un retrato-. En cualquier caso, siempre he pensado que Ignacio había contado desde un principio con ese momento de desconcierto inicial. Luego los tres descubrieron a la vez quién era. Ignacio pasó esa noche en la casa y una semana entera sin que hubiera lugar a preguntarle qué pensaba hacer o cuánto tiempo pensaba aún quedarse. Doña María sí que lo pensó, para su capote, sorprendida de que don Eduardo, que odiaba toda alteración de la rutina (y por supuesto los huéspedes), no se manifestara intranquilo o incómodo. Tío Eduardo, de hecho, parecía encantado con Ignacio. Pasaban muchas horas juntos charlando, embebidos, según parece, en el pasado fantasmal que tío Eduardo había ido construyendo durante toda una vida. Y tío Eduardo contaba, con vivacidad, rara en él, de Londres y de su juventud sosísima, intercalando las pocas frases de inglés que recordaba (aunque tío Eduardo tenía fama de hablar inglés como un inglés, la verdad es que apenas recordaba más de media docena de frases en esa lengua). Tío Eduardo había con los años llegado a perfeccionar el intercalado hasta tal punto que daba la impresión de que hubiera podido conversar indefinidamente.

Siempre durante los veranos convidaba tío Eduardo un poco más, quizá porque el buen tiempo y el té en la terraza le animaban a soportar algo más de compañía. Pero aquel verano pareció de pronto que todo el mundo a riesgo incluso de un mal rato, porque tío Eduardo sabía mostrarse frío y desagradable cuando alguien se presentaba al té sin haber sido invitado, se congregaba en la casa. Fue aquel un verano vastísimo y, por decirlo así, completo, subsistente, como una frase acertada. Yo tenía catorce años entonces y recuerdo qué hubo ese verano como se recuerda el puro haber habido de algo o de alguien cuyos detalles concretos se han modificado u olvidado por completo. Lo mismo que recuerdo cosas que Ignacio hacía, aunque no recuerdo en absoluto a Ignacio. Recuerdo que la hierba era húmeda, soleada y verde. Tío Eduardo parecía complacido, muy elegante y frágil en sus trajes de franela clara. Uno tenía la impresión de que aquel jardín y la casa blanca de largas estancias vacías eran cosas de Ignacio desde siempre. Para el resto de la familia Ignacio pasó de ser entretenimiento a ser enigma sin casi transición. Su relación con tío Eduardo era, para empezar, lejana. Su padre, que pertenecía a la rama menos afortunada o más aventurera de la familia, había pasado largo tiempo en el extranjero, en Sudamérica, según contaba Ignacio, haciendo y derrochando (a la vez, según parece) una fortuna inmensa y regresado, pobre una vez más, a Europa, a París, donde había vivido o casado por lo civil con una francesa algo loca de la alta costura, colaboracionista, escapando a última hora a Argentina en submarino con un grupo de jerarcas nazis. Ignacio contaba que en su casa se hablaba con frecuencia de tío Eduardo y que tío Eduardo había sido para todos ellos el Viejo Mundo en su encanto somnílocuo de lluvias y de sastres. La historia de las andanzas del padre de Ignacio se repitió hasta la saciedad ese verano. Quiere decirse que todo el mundo, después de oír la historia, permanecía aún dudoso -más dudoso si cabe aún que antes de oírla-, como si el relato, que abundaba en detalles pintorescos y hasta picantes -con su entreverado de episodios de la Segunda Guerra Mundial y la ocupación de París-, fuera en realidad el de una fábula y no el de una vida. Más tarde he pensado que Ignacio poseía el arte del verdadero narrador de cuentos donde lo que verdaderamente importa no es la originalidad o la profundidad del contenido sino el hábil encadenamiento de los incidentes y lugares comunes. Tópicos políticos, sociales o filosóficos se reducen en literatura a puntos de referencia y color local. Todo ello tenía el lujo de detalles de las fábulas y la rotunda precisión de las mentiras. Era la historia, o serie de ellas, que Ignacio contaba algo que uno, mientras duraba el relato, veía muy de cerca, pero que tan pronto como se desunía el relato parecía cogido por los pelos e inventado sobre la marcha. Era difícil, sin embargo, atrapar a Ignacio en un renuncio, parte porque la historia parecía no acabarse nunca y por consiguiente los oyentes tenían la impresión de que era preciso esperar siquiera al final del episodio antes de aventurar algunas preguntas pertinentes, y parte porque el final de las historias coincidía siempre, arbitrariamente, con el final impuesto por el final del té y la historia, así interrumpida bruscamente, al día siguiente se reanudaba ante un público parcialmente distinto del público de la tarde anterior, que no podía, por lo tanto, comprobar la autenticidad – o incluso la coherencia- de todos los detalles. Por lo demás, Las historias o la historia, suponiendo que fuera una y la misma, no empezaba nunca de la misma manera o a partir de un mismo personaje o teniendo lugar en un mismo sitio. «Nuestra familia ha sido siempre muy viajera», solía decir Ignacio, y, de hecho, el carácter marítimo y serpenteante de sus relatos se asemejaba a la vacilación de los vientos y no sólo a la violencia de las corrientes. Como en la falacia de la literatura imitativa, aquel carácter de «ser muy viajeros» parecía justificar y cubrir por sí solo la incesante variedad de bruscos cambios y de huecos, la multiplicación de caracteres secundarios, muchas veces puramente accidentales, que encandilaban y engañaban al oyente haciéndole creer que se encontraba de pronto en tierra firme ante un carácter definitivo a partir del cual iba a anudarse por fin la historia entera.

En cierto modo, todos los personajes de Ignacio eran secundarios e incluso los héroes (su madre, el gaucho poeta, un profesor de Química que rompía adrede el tubo de mercurio al hacer el experimento de Torricelli, Micaela, la cerillera, que traficaba en tres putillas, las tres con la cara de la Inmaculada de Murillo y que se rascaba el pelo pringoso y tirante con la aguja de hacer punto. A las tres putillas las llamaba Ignacio las tres nenas, guiñando un ojo a tío Eduardo), a pura fuerza de detalle se diluían y confundían unos con otros hasta haber en la imaginación del oyente una confusa criatura total vista unas veces del lado de la cerillera y otras del lado del profesor de Química. Tío Eduardo oía todo aquello boquiabierto, sin interrumpir jamás e interrumpiendo -casi descortésmente- a quien intentara meter baza.

Recuerdo la estructura formal de todo aquello, el tiempo puro y el otro, el atmosférico, y para de contar. En la tarde húmeda y suave se mecen los plátanos con su tintineo crispado. No recuerdo la voz de Ignacio. Sólo recuerdo la irrealidad e instantaneidad de todo aquello y el haber pensado (con extraña envidia infantil entonces) que tío Eduardo e Ignacio hacían buena pareja.

El efecto que Ignacio iba causando en tío Eduardo pudo calcularse un día en que, sin más ni más, Ignacio salió temprano en su moto y se estuvo quince días sin volver por la casa. Se acabaron los tés y las invitaciones, y tío Eduardo podía verse dando vueltas por el jardín y la casa con el mismo aspecto desguazado de los días del ventarrón de izquierdas. Dejó de arreglarse y casi de comer y se pasaba las tardes hasta bien entrada la noche en el hall pendiente del teléfono; ¡tío Eduardo que odiaba los teléfonos!

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